Mi hijo me miró fijamente, con los ojos muy abiertos, como si intentara comprender si hablaba en serio… o si me había vuelto loca.
– “Qué ?”
Su voz tembló ligeramente, pero su ego seguía negándose a ceder.
No lo repetí.
No lo necesitaba.
Se puso de pie bruscamente.
— Deja de contar chistes. No tienen gracia.
Su esposa, sentada en el sofá, dejó el teléfono. Por primera vez en mucho tiempo, parecía… preocupada.
—¿De qué se trata todo esto? —preguntó ella, con un tono más suave.
Me acerqué a la mesa. Saqué un sobre.
Lo coloqué delante de él.
– “Leer.”
Abrió el sobre con un gesto nervioso. Sus ojos recorrieron las líneas, rápidamente al principio… luego cada vez más despacio.
Su rostro ha cambiado.
Primero, confusión.
Entonces duda.
Entonces… pánico.
— “No… no es posible…”
Su esposa se puso de pie y se inclinó hacia él.
– “¿Qué es?”
No respondió.
Simplemente pasaba las páginas una y otra vez, como si esperara que las palabras desaparecieran.
Pero sin duda estaban allí.
Negro sobre blanco.
La firma.
La fecha.
La transferencia.
Todo.
—¡¿Vendiste la casa?! —gritó.
Esta vez no había ira. Solo miedo.
Lo miré con calma.
– “Sí.”